Nos quedó una carrera pendiente

Durante los últimos días he visto tantas fotos de Alberto Montoya que todavía resulta extraño pensar que ya no voy a volver a encontrármelo en algún congreso, unas jornadas o cualquiera de esos sitios en los que acabamos coincidiendo los veterinarios después de tantos años. Con Alberto me pasaba algo muy sencillo: siempre me alegraba de verlo. Podían haber pasado meses, pero enseguida aparecía la sonrisa, alguna broma y una conversación que podía empezar hablando de filaria y acabar por cualquier otro sitio.

Lo conocí hace muchos años, cuando estaba formándome en cardiología y él era uno de mis referentes. Tuve la suerte de aprender con él y de poder preguntarle mucho. Sabía muchísimo de cardiología, pero acercarse a él siempre era fácil. Me ayudó muchas veces y nunca te hacía sentir que estabas molestando o que aquello que preguntabas era una tontería. Cuando estás empezando y tienes delante a alguien al que admiras profesionalmente, esas cosas no se olvidan.

Con los años mi vida profesional tomó otros caminos y nuestra relación también cambió. Ya no era yo intentando aprender cardio de uno de mis referentes, sino dos compañeros que coincidían de vez en cuando y siempre encontraban un rato para hablar. Descubrimos además otras aficiones comunes, entre ellas correr, y muchas conversaciones acababan hablando de carreras o entrenamientos. Con Alberto era fácil pasar de un tema a otro porque era una persona curiosa, con conversación y con la que siempre apetecía quedarse un rato más.

Desde que conocimos la noticia he leído mensajes de compañeros, alumnos y amigos, y pocas veces recuerdo haber visto tanto cariño alrededor de alguien de nuestra profesión. Su trayectoria habla por sí sola: catedrático de la Facultad de Veterinaria de Las Palmas, investigador, referente en cardiología y filariosis y maestro de varias generaciones de veterinarios. Pero estos días, leyendo a tanta gente, he pensado que quizá hay algo todavía más bonito que todo eso: comprobar hasta qué punto era querido.

Al final pasan los años y uno va olvidando congresos, ponencias y muchas cosas que entonces parecían importantes, pero no olvida a las personas que lo trataron bien. Alberto fue una de ellas. Primero fue alguien de quien aprendí mucho y después un compañero al que siempre me alegraba encontrarme.

También me he acordado estos días de algo que comentamos alguna vez y nunca llegamos a hacer. Hablamos de salir a correr juntos, quizá incluso de compartir alguna carrera, pero siempre quedó para otro momento. No tenía ninguna importancia entonces porque dábamos por hecho que ya habría tiempo.

Ojalá hubiéramos encontrado ese día, Alberto.

Deja un comentario